SEQUIA
Apareció furtivo entre el follaje de hualles y avellanos. La
hierva se doblegó suavemente bajo su paso ágil; con precaución evitó las ramas,
cuyo resquebrajar habría acallado a los pájaros en las copas y alertado a los
otros. Sus pies desnudos, despojados del abrigo pesado y molesto que debía usar
con los otros, lo hacían más liviano y parecía ser otro mientras corría. Se
detuvo al llegar a un claro, sintió su respiración y sus latidos; tomó aire
profundamente llenando sus pulmones del aroma de la selva. Se sentía bien entre
la vegetación húmeda y la luna silenciosa y cómplice. Algo como un alarido le
brotaba desde dentro de su ser y lo empujaba a seguir con fuerza. Mientras
miraba a su alrededor, escudriñando entre las sombras, a tientas hurgó en el
pequeño morral que le apretaba el pecho; palpó unos objetos apiñados en su
interior recorriéndolos lentamente con las yemas de sus dedos y un leve
estremecimiento le atravesó la espalda; se cercioró que todo estaba bien y
cerrando el morral continuó corriendo.
Teniendo como testigo a esa misma luna que ahora lo perseguía entre las ramas,
él se había impuesto a los otros discutiendo y alzando su voz aún entre los
mayores. Pero ya había transcurrido demasiado tiempo, era el momento de la
lucha y no de las palabras. Seguía
corriendo y ya no sentía las ramas sobre la piel que le desgarraban
confundiendo la sangre con el sudor o las piedras que le golpeaban cuando no se
hundía en el suelo esponjoso de líquenes.
levantaban su negra silueta sobre los árboles; formas extrañas cuya geometría
no calzaba con las líneas de la montaña. Sin sentir cansancio producto de la
carrera, se deslizó sobre el suelo arrastrándose hasta llegar al lugar
previsto. Una vez allí, palpó la pared liza hasta encontrar una imperfección,
una pequeña hendidura; escarbó con sus dedos extrayendo algunas piedras hasta
dejar el espacio suficiente para introducir el contenido de su morral. Luego
tomo cuidadosamente con ambas manos un pequeño objeto que quedaba en el fondo
de la bolsa y lo manipulo lentamente dejándolo luego junto a los demás en el
hueco de la roca. Se pasó el torso de la mano por la frente para secar el sudor
que le caía hacia los ojos y se incorporó. Miró la grieta en la roca donde
había depositado aquellos objetos, respiró profundo y luego comenzó alejarse
pausadamente pero, tras algunos pasos se detuvo; un gesto semejante a una
sonrisa se formó en su cara; volvió a sentir ese algo extraño en su interior.
No sabía que, pero ciertamente no era
temor ni angustia y pensó que ya no sería necesario correr. A lo lejos , en el
valle la tierra reseca presentía algo.
Il faut voyager loin en aimant sa maison,
APOLINAIRE
