En 1995, cuando se cumpliían cien años del cine, el Instituto Chileno Aleman de Cultura de Concepción , presentó un ciclo de cine destinado a mostrar el aporte alemán al septimo arte. Una de las Películas exhibidas en esa oportunidad fue "CELESTE" dirigida por Percy Adlon -el mismo de Bagdad Cafe- con Eva Mattes como Celeste Albaret, la ama de llaves de Marcel Proust y

Norbert Wartha como Proust. Celeste acompañó al escritor frances hasta su muerte y cincuenta años despues escribió sus propias memorias- que dieron origen al filme- en las cuales relata los últimos años de Proust mientras terminaba de escribir su famosa novela "En busca del tiempo perdido" La película de 109 minutos se desarrolla casi íntegramente en el departamento de Proust y muestra al escritor como un hombre bastante extraño , lleno de manías excentricas que lindaban en la esquisofrenia y a una joven celeste que de desvive por atender a su señor. Habitaciones en penumbras con muebles de caoba y pisos brillantes, largos silencios, enfoques en que la cámara se detiene en un pequeño detalle en la pared o en los labios de uno de los personajes.
La historia de Celeste Alvaret está muy bien narrada en este artículo tomado de la página: Malasombra.

EL AMA DE LLAVES QUE HIZO HISTORIA

Celeste Albaret, el ama de llaves del escritor francés Marcel Proust,
quien al cabo de su larga vida publicó un libro acerca de su patrón,
cincuenta años después de la muerte de él es, por muchas razones, un
ejemplo de fidelidad solo comparable al de Theo Van Gogh con su hermano
Vincent.

Cuando fue a vivir en la casa de Proust como criada, Celeste Gineste,
una muchacha campesina de veinte años, era semianalfabeta, y solo llegó
a ese lugar porque se la había casado con un chofer de la empresa de
taxis que le daba servicio a Proust.

Odilón Albaret, quien se había convertido desde l907 en el “mecánico”
(como les decían entonces) de confianza del escritor, se casó, en 1913,
con Celeste. La muchacha campesina, viviendo en Paris, se sentía
aislada y solitaria, como exilada, razón por la cual su esposo la
recomendó para trabajar con su patrón, en un comienzo como mandadera,
pues tenía que andar la ciudad repartiendo ejemplares de “ Por la parte
de Swan”, la primera novela que integra el ciclo “A la busca del tiempo
perdido”.

Esa obra había sido publicada por cuenta de Proust pues ninguna
editorial mostró interés en ella. El autor, rico heredero, tuvo que
hacer la inversión. Y aunque la puso en las librerías, regaló
ejemplares a muchas personas amigas. En esa labor se inició Celeste.

En la cuarta novela del ciclo, “Sodoma y Gomorra”, encontré por primera
vez una mención de esta mujer y de una hermana suya, con sus nombres
reales, según supe más tarde. Creo que son los únicos personajes de la
novela que aparecen con sus nombres verdaderos. Es algo brevísimo, no
más de seis páginas, dentro de las tres mil quinientas de la obra, pero
que impresiona por la imagen pura, alegre, hermosa, que da el escritor
de las dos muchachas, al lado de textos en los que trata muy
críticamente y, en general, con dureza, a otros personajes jóvenes,
incluyendo la mujer de la que el narrador está enamorado, que él
encuentra en las aristocráticas zonas de veraneo a las que asiste en
compañía de su abuela. En esa mención de ellas en calidad de
personajes, Celeste y su hermana Maria aparecen como criadas de una
dama extranjera que se aloja en el hotel, y resulta llamativo el trato
que da el “narrador” a las dos empleaditas, en una época de rígida
estratificación de la sociedad francesa.

Esta parte de la novela es una especie de injerto, pues incluso podría
sacarse sin perjuicio de la continuidad de la narración. Aunque puede
decirse que el autor fue escribiendo la obra a lo largo de la mayor
parte de su vida, fue en mayo de l909 cuando tomó la decisión de
convertir los materiales previos en la articulada narración que es “A
la busca del tiempo perdido”. Celeste Albaret entró a su servicio en
l913 y lo acompañó hasta su muerte en 1922, a pocas horas de terminado
el libro. El texto injertado se incluyó, según creo, como una especie
de homenaje a Celeste y Maria, las jóvenes hermanas que le ayudaban.

Esas páginas posiblemente se prestan a muchas intepretaciones. Para mi
es un texto tan complejo como lo era la intrincada psicología del
escritor. Sobresalen las bromas, los elogios y las descripciones de la
contradictoria personalidad de las muchachas, de las cuales, por una
parte dice que eran “decididamente ignorantes” y por otra, que ambas,
pero en particular Celeste, poseían un gran talento literario.

“Mademoiselle Marie Gineste y Madame Celeste Albaret”, es como las
menciona y hace un juego con la palabra “correo”, diciendo que ellas
eran dos especies de “courrieres” al servicio de una rica señora, pero
es una alusión al hecho (de la vida real, que no de la novela) de que
las dos le sirvieron de mandaderas.

Explica que no era fácil visitar a las chicas en su habitación, pero
que él “había hecho en seguida amistad muy viva, aunque muy pura, con
aquellas dos muchachas”…”Nacidas al pie de las altas montañas del
centro de Francia, a orillas de riachuelos y torrentes”.

Hay varias referencias al genio de Celeste, muy contradictorio.
Dice:”Maria Gineste era más regularmente rápida y saltarina. Celeste
Albaret más blanda y lánguida, quieta como un lago, pero con terribles
accesos de remolinos en los que su furia recordaba el peligro de las
crecidas y de los torrentes líquidos que se lo llevan todo por delante,
que todo lo devastan”.

Luego recoge en varios lugares las bromas que Celeste le hacía, en las
que se refleja la extraña relación existente entre el aristocrático amo
y la insustituible empleada, la cual llegaba cuando él se hallaba
todavía en la cama y le decía: “¡Hola, diablejo negro, pelo de cuervo,
gran pícaro! No sé en que pensaba su madre cuando lo hizo. Mira, María,
cualquiera diría que se alisa las plumas con una ligereza…Es todo él
tan ligero que parece que va a echar a volar”. María regañaba a su
hermana: “Vamos Celeste. ¡Te quieres callar! ¡Estas loca para hablar al
señor de esa manera!”.

El director del Hotel llamó la atención a su cliente por el tipo de
relación que mantenía con aquellas “courrieres” pero él narrador
sostiene que a él le parecían “superiores a todas las clientas del
hotel”. Agrega que ellas estaban “tan dotadas como un poeta, con más
modestia de la que tienen generalmente los poetas”.

De Celeste dice que el marido no la comprendía y él (el narrador) no
sabía como podía soportarla “pues en ciertos momentos, trémula,
furibunda, lo echaba a perder todo, era odiosa”. Pocas líneas adelante,
viene la referencia al otro aspecto de la personalidad de ella: “De
pronto, volvía la circulación a su gran cuerpo magnífico y ligero.
Corría el agua en la opalina transparencia de su piel azulada. Sonreía
al sol y se volvía más azul aún. En estos momentos era verdaderamente
celeste”.

Avanzando en la obra, el lector vuelve a encontrarse con una referencia
en la quinta novela, “La prisionera”, y lo hace dentro de un contexto
de feroces críticas a Albertina, la mujer de la que el “narrador” está
enamorado. Leemos “…las superioridades intelectuales de una mujer me
han interesado siempre muy poco. Solo me hubiera gustado, quizá, el
curioso talento de Celeste”. La frase está dentro de un brevísimo texto
en el que relata una conversación mantenida con el ama de llaves en el
dormitorio del narrador, cuando ella lo saluda con una curiosa broma y
le llama “¡divinidad del cielo depositada en una cama!”

Cuando él le dice que solo está acostado, ella replica: “Usted no está
nunca acostado. ¿Cuándo se ha visto a una persona acostada así?. Lo que
ha hecho es posarse ahí. En este momento, su pijama, tan blanco, y ese
modo de mover el cuello, le da un aire de paloma”.

Esas dos menciones, que sumadas no llegan a siete páginas, en un ciclo
novelístico tan voluminoso, es todo lo que dice el narrador de su ama
de llaves. Pero estas extrañas citas, cuando acaba de mencionar a su
amante indicando su “estúpida” manera de hablar, señala este diálogo
como una muestra del gran afecto que Proust sentía por Celeste.

La primera lectura de esta obra monumental no fue fácil ni de lejos, al
menos para mi, pero es curioso que esas fugaces menciones de la mujer
me dejaran una impresión inolvidable. Cuando aún no había descubierto
quien era ella, comenté que al leer sentí como si de pronto volara un
ángel sobre el texto.

Luego hallé la explicación en las quinientas páginas de notas que
acompañan a la edición de “A la busca del tiempo perdido” de que
dispongo. Ahí se recoge la opinión de Antoine Bibesco uno de los más
cercanos amigos del autor, quien dijo que, en su opinión, solo a dos
mujeres había amado realmente Proust a lo largo de su vida: su madre y
Celeste Albaret.

Ella fue la compañera perfecta, lo que el escritor necesitaba, durante
los últimos siete años de su vida, de1913 a 1922. Celeste vivió con él
quizá más que su madre, pues lo acompañaba casi las veinticuatro horas
del día. Proust era un asmático que exigía muchos cuidados, en una
época cuando no existían los calmantes eficaces que hoy se usan, a base
de cortisona. Además, había adquirido la costumbre de trabajar toda la
noche y dormir durante el día.

El ama de llaves le resolvía los problemas de la casa, donde había
varios empleados, hombres y mujeres, se ocupaba de su salud, tenía que
leer por él libros y periódicos e informarle de esas lecturas; ella
pasó en limpio toda la obra novelística de su amo, a mano, y luego,
algunas partes, a máquina. Y todo eso, pasando durante años las noches
enteras en el trabajo.

El marido de Celeste era el chofer, pero durante mucho tiempo participó
en la primera guerra mundial, llamado por el ejército francés. Mientras
tanto, Celeste cuidaba al Señor Proust, auxiliada por una hermana menor
de ella y por otra de su marido, Ivonne Albaret, quienes con el tiempo
se fueron sumando al personal de la casa.

No hubo problemas sentimentales entre esas jovencitas y su patrón,
porque, como se sabe, él nunca fue atraído por las mujeres, salvo como
amigas, razón por la cual ni el marido, ni la sociedad que los rodeaba,
ni los lectores de la obra necesitan poner en duda la pureza de la
amistad del escritor con Celeste, al menos en el aspecto sexual.

El ama de llaves, quizá sería mejor llamarla factotum, que llegó a ese
trabajo siendo casi analfabeta, se fue convirtiendo, por obra de su
inteligencia y de la admiración que desarrolló por su jefe, en una
damita con grandes virtudes intelectuales. Ella discutía con el
escritor de casi todos los temas y en eso pasaban hasta que salía de
nuevo el sol. Es posible que solo las inclinaciones sexuales de él
quedaran fuera de esas discusiones, pues él procuraba cierta
discreción, sobre todo mientras vivió su madre.

En su obra, Proust no confiesa su homosexualidad, a pesar de que el
tema es uno de los principales de que trata. En cuanto a él, todo se
halla insinuado. Aunque es evidentemente un trabajo basado en su vida,
solo hay dos momentos en que el personaje de “el narrador”, dice que su
nombre es Marcel, aunque sin más explicaciones.

El escritor muere el 19 de noviembre de 1922, al culminar una crisis
que se manifestó la noche del 17, cuando estuvo dictando nuevos textos
a Celeste hasta la madrugada. Desacatando sus órdenes, Celeste llamó al
médico y este junto con Robert Proust, hermano menor de Marcel, también
médico, siguieron cuidándolo hasta su fallecimiento.

Celeste y su marido permanecieron en la casa hasta el mes de abril de
1923, mientras ella se encargaba de poner todo en orden y cumplir las
recomendaciones hechas a última hora por su jefe. Como el no hizo
testamento, su hermano ofreció ayuda a la fiel ama de llaves, pero
tanto ella como su marido se negaron a recibir nada. Ella solo conservó
unos pocos muebles y algunas joyas que el escritor le había regalado.

Celeste dijo muchos años después que su señor nunca la abandonó, porque
siempre que ella y su marido tuvieron problemas, los amigos de Proust
acudieron a solucionarlos. Los Albaret tuvieron durante muchos años un
pequeño hotel, negocio del que vivieron, hasta que, en 1960, murió
Odilón. Después de eso, Celeste fue nombrada para administrar el Museo
Ravel, en una ciudad de provincias.

La fidelidad a su querido patrón culminó cuando Celeste, de ochenta
años, publicó, con la ayuda de un periodista, su libro “El señor
Proust”, escrito para enfrentar muchas inexactitudes que se decían
sobre el querido amigo. Este libro, que muchos críticos consideran
exquisito, es una de las fuentes básicas para comprender la
personalidad del escritor hasta en sus más íntimos detalles.

Por su libro y por el extraordinario papel jugado por esta ama de
llaves al lado de su patrón, Francia la declaró Comandante de la orden
del Arte y las Letras. Celeste Albaret murió en l982, a la edad de
noventa y dos años.


Publicado en "Malasombra" , Escritos de Francisco Gamboa
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