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EL JOVEN ACTIVISTA QUE MURIÓ EN LA ARAUCANÍA
Era punk, estudió en el Liceo Lastarria, hizo el servicio
militar en Arica y viajó a Temuco en busca de sus raíces. ![]()
Por Gazi Jalil F., desde Temuco
-¡Marichiwewwww!
El grito de guerra mapuche, que significa "¡diez veces venceremos!",
resuena por las calles de Temuco mientras avanza el cortejo fúnebre de Matías
Catrileo Quezada, el joven muerto por carabineros en el fundo Santa Margarita
del agricultor Jorge Luchsinger, cerca de Vilcún, a
ciudad.
–¡Marichiwewwww! –vuelven a gritar las cerca de dos mil personas que agitan
ramas de canelo, el árbol sagrado mapuche, camino al cementerio Parque del
Sendero. También se escucha el sonido afónico de varias trutrucas y el
incesante tam tam tam de los cultrunes.
Pese a lo corto del recorrido, la tensión es evidente. No hay un solo
carabinero a la vista y un grupo de encapuchados se ha encargado de desviar el
tránsito y mantener a raya a la prensa, indicando qué se puede hacer y qué no.
Un joven con un pañuelo rojo en la cara ordena que todos los fotógrafos y
camarógrafos estén a un metro de distancia del cortejo y dibuja una línea
imaginaria en el suelo con el mismo palo con que amenaza.
–El que no respete, se atiene a las consecuencias –advierte–. Es lo único que
voy a decir. No hay preguntas, no hay respuestas.
Después vienen más órdenes: no se puede grabar el féretro, no se pueden apuntar
las cámaras para otro punto que no sea el cortejo, no se le puede hacer
imágenes al machi que va al costado del ataúd, ningún periodista puede entrar
al cementerio.
Cada tanto, los encapuchados agitan sus palines en el aire y los golpean entre
sí. Son los weichafes, los guerreros, los encargados de la seguridad, la
primera línea de combate. Pertenecen a
Malleco
que ha reivindicado los últimos atentados incendiarios en la zona.
Surgida en 1998 tras la quema de dos camiones de Forestal Arauco en Lumaco, la
CAM tiene un discurso antisistémico y se le vincula con grupos terroristas,
como el Movimiento Lautaro. No descarta la lucha armada en el proceso de
recuperación de tierras y ha diferencia de otras organizaciones mapuches, no cree
en los acuerdos con el gobierno ni empresarios.
Pese a que sus principales líderes están presos en distintas cárceles de
sigue actuando entre Concepción y Temuco y atrayendo especialmente a jóvenes.
Matías Catrileo fue uno de ellos.
Sábado 5 de enero. El pavimento hierve bajo los más de 30 grados de calor de
Temuco. Han pasado apenas dos días desde la muerte de Catrileo, de 22 años, y
en las calles no se habla de otra cosa. Su nombre está escrito con spray en
decenas de murallas, acompañado de consignas como: "La sangre y la muerte
no opacarán nuestra lucha" o "Si un weichafe cae, 10 se
levantan".
Hijo de padres separados, Matías hizo el camino opuesto a otros jóvenes
mapuches que dejan el campo para vivir en la ciudad. Él se educó en un colegio
tradicional de Santiago, pertenecía a una familia de clase media, no sufrió la
misma discriminación que sus antepasados y escuchaba punk español tanto como
crecía su interés por conocer sus raíces.
A veces vivía en La Florida con su madre,
quien, pese a no tener apellidos indígenas, es simpatizante de la causa
mapuche. Otras veces se quedaba en la casa de su padre, Mario Catrileo
–analista y subgerente técnico de Banchile Seguros de Vida– en Macul.
El día que supo de la muerte del joven, Tomás Valenzuela, su ex compañero de
banco en el Liceo José Victorino Lastarria, tardó en digerir
revisó su mail y ya tenía varios correos de amigos que le contaban lo sucedido.
"Lo conocí en 2002, cuando íbamos en cuarto medio", recuerda.
"Era punk y combinaba esa filosofía con sus ideales mapuches. Se juntaba
con un grupo de okupas y el segundo semestre dejó de asistir al colegio. Quería
dedicarse más a la causa de su pueblo".
No le extrañó. Dice que Matías organizaba fiestas y tocatas para juntar dinero
y viajar al sur para estar con los mapuches y que en las últimas conversaciones
que tuvo con él lo notaba con más interés en defender sus ideales.
Fue un alumno de notas promedio, ni bueno ni malo, "del montón", resume
José Parada, inspector del Lastarria. "Su apariencia personal y su corte
de pelo mohicano le jugaban en contra. Era su principal causa de anotaciones
negativas, pero era un alumno tranquilo", agrega.
Desde que se retiró del liceo, nadie supo de él hasta la fiesta de graduación.
Tomás Valenzuela cuenta que mientras todos estaban vestidos de terno, Matías
llegó vestido de punk, con bototos y pelo parado.
–¿Qué onda, weón, por qué vienes así? –le preguntó, impresionado
–Así soy –respondió–, no porque use terno voy a ser mejor o peor persona.
Ése fue el último día que Tomás lo vio.
A los 15 años, Catrileo ya era punk y si no fuera por su apellido, nadie diría
que tenía sangre indígena. "Ni siquiera parecía mapuche, sus rasgos eran
como los de cualquiera", cuenta Felipe Cárcamo, uno de sus amigos punk.
Matías usaba una chaqueta de mezclilla con un dibujo en la espalda hecho por él
mismo: un círculo mitad símbolo de la anarquía y mitad cultrún. "Él decía
que aborrecía el capitalismo y quería vivir de
planes eran comprarse un fundo en el sur, tener animales, sembrar y vivir de
eso, sin depender del sistema. Era un punk más práctico y organizado que el
resto de nosotros", afirma Cárcamo.
En Santiago, Catrileo participó en protestas anarquistas y mapuches, pero, pese
a que en principio era crítico, realizó su servicio militar en Arica durante un
año. No fue contra su voluntad: quería hacerlo. "Decía que así podría
fundamentar mejor su opción de vida y saber qué se siente estar en el Ejército",
recuerda Cárcamo.
En 2005 llegó a Temuco para estudiar Agronomía en la Universidad de la
Frontera. "Fue un buen alumno, pero paulatinamente se fue desinteresando.
En el último tiempo, su rendimiento iba en baja y hace un año decidió
congelar", dice Aliro Contreras, director de la carrera y profesor de él.
"Como a la mayoría de los estudiantes, le interesaba el tema de la
conservación de los recursos naturales", añade.
Uno de sus compañeros cuenta que cada vez le interesaban menos sus estudios y
más la causa mapuche. Viajaba seguido a Angol para visitar a los dirigentes
presos de
Coordinadora Arauco Malleco
"La Chepa", condenada a 10 años por ataques incendiarios contra
empresas forestales y actualmente en huelga de hambre. Matías también
participaba en marchas, tomas y manifestaciones callejeras y, según
antecedentes policiales, registraba cuatro detenciones por desórdenes
callejeros.
El joven vivía a un par de cuadras del campus universitario, en el hogar
Pelontuwe, también conocido como Las Encinas, una casa para estudiantes de
recinto flamean hoy banderas negras y algunos carteles que recuerdan a
Catrileo. Dentro hay un mural que dice: "Territorio mapuche".
Allí viven cerca de 90 jóvenes, hombres y mujeres, que estudian en
universidades e institutos de
todos sus residentes están becados y se organizan de acuerdo a sus propias
reglas, desde el aseo de las dependencias hasta las normas de comportamiento al
interior del recinto.
Pese a que la policía lo ha catalogado como un foco de activismo e, incluso,
hace un tiempo fue allanado por Carabineros en busca de armas, sus residentes
aseguran que son un espacio autónomo de reflexión crítica y que promueve los
derechos indígenas.
El lugar consta de tres pabellones donde duermen los estudiantes, además de un
auditórium, sala de computación, casino, teatro, multicancha y oficinas para
los dirigentes, que son elegidos entre los propios jóvenes. El año pasado todo
el lugar fue remodelado con un costo de 190 millones de pesos.
En el hogar fue velado durante dos días el cuerpo de Matías, mientras una
caravana interminable de amigos, compañeros de curso, familiares, lonkos y
machis entraba y salía. Catrileo vivió allí durante un año y, según una de las
residentes, Andrea Reuca, estudiante de Pedagogía en Historia, "nos apoyó
y luchó para lograr la remodelación de este espacio y también por perpetuar
este tipo de lugares no sólo en Temuco, sino que en otras ciudades del país
donde existen estudiantes indígenas".
Durante su estadía en el hogar, Matías conoció a su polola, Violeta Rayen
Navarrete, estudiante de Pedagogía Básica Intercultural, e hizo amistad con
otros jóvenes miembros y simpatizantes de
Malleco.
Santiago, así que se identificó bastante rápido con ellos", dice uno de
los residentes de Pelontuwe. Admiraba a líderes de la CAM como "La
Chepa", Héctor Llaitul y José Llanquileo, actualmente presos, y a Alex
Lemún, el joven mapuche muerto en 2002 de un tiro en la cabeza cerca de
Ercilla.
Pronto su discurso se radicalizó. "Más que la movilización estudiantil,
para él la lucha estaba en las comunidades –añade Andrea Reuca–, en la
recuperación territorial y en la reivindicación del territorio mapuche".
Otro residente señala que "Matías se dio cuenta luego de que sus ideas
aquí eran minoría y decidió cambiarse irse del hogar".
El día que murió, Catrileo llevaba un año viviendo en
que pelea por recuperar tierras al interior del fundo Santa Margarita, cuyo
propietario cavó un enorme foso alrededor para evitar más atentados. Aun así,
Matías logró entrar junto a diez personas, pero fueron descubiertos por una
pareja de carabineros que disparó para ahuyentarlos. Una de las balas atravesó
el cuerpo del joven mientras escapaba.
Tras conocerse la noticia, dos camiones fueron incendiados en la zona,
aumentaron las quemas de terrenos, las protestas se extendiaron hasta Santiago
con inusitada violencia, han habido decenas de bombazos en edificios públicos y
privados y un ejecutivo de una hidroeléctrica, Mario Marchese, fue víctima de
un amedrentamiento a balazos en la capital.
Por todas partes, el grito de guerra mapuche se volvía a oir.
Colaboró Andrea Manuschevich
ZIL JALIL F.
(*) Artículo publicado por la revista SÁBADO del el dirio
EL MERCURIO de Chile.
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Il faut voyager loin en aimant sa maison,
APOLINAIRE

Han pasado más de 500 años de desangramiento del pueblo Mapuche,
los continúan exterminando.
¡Marchiwewww!
Muchas cosas no han cambiado en 500 años. Esta es una de ellas. Las políticas de exterminio de las etnias originarias han sido la constante en nuestros países de américa, desde el Norte a la Patagonia.
Aún cuando el problema es complejo , urge abordarlo y buscar soluciones ya.